La construcción de la intimidad entre personajes

Un día, rondando por redes, me topé con lo que parecía un fanart de mi novela inédita Guerreros del sol. Quitando que llevasen ropa actual, las dos muchachas eran parecidísimas a las protagonistas de la novela. Aparte de sentir una felicidad extraña y que el estómago me diera vuelta de campana, busqué información al respecto: resultaba que Naughty Dog, la desarrolladora de videojuegos que me encantan como The last of us, había sacado un juego de la serie Uncharted que, si bien era más corto y ligero que los protagonizados hasta entonces por Nathan Drake, acompañaba a dos secundarias de la saga en una caza tesoril. Yo no había jugado a ningún Uncharted aunque sé que apelan al vacío creado por la ausencia de Indiana Jones y, aunque no sea mi género favorito, no voy a dejar escapar la posibilidad de echarle el guante a un juego de ese estilo protagonizado por mujeres que son clavadas a Beren y Niala. Unas ocho horas de juego más tarde, puedo asegurar que Uncharted: El legado perdido es toda una experiencia para cualquier amante de los personajes femeninos con brazacos bien desarrollados… y que desde un punto de vista escritoril, es aún más interesante.

La trama no es más que una excusa: lo que importa en El legado perdido es el espacio (las ruinas Hoysala) y, todavía más, el desarrollo de la amistad entre Chloe y Nadine. Digo amistad aunque bien podría tener el germen del romance: si la pareja protagonista fueran un hombre y una mujer heterosexuales, sus múltiples gestos de intimidad y sacrificio mutuo los colocarían sin duda en la casilla de pareja. Y aunque yo misma las shippeo como loca (y parece que en Naughty Dog opinan parecido y, siendo los mismos que en The last of us nos traían a Bill y el primer beso de Ellie y Riley, lo mismo nos llega en el próximo juego), su intimidad está tan bien construida que no pica ni cae en el queerbaiting. Así que sí: en este artículo voy a hablar de la creación de la intimidad entre personajes usando El legado perdido. Igual os cae algún spoiler. Si no vais a jugarlo, os recomiendo ver un gameplay para disfrutar de la narrativa y la animación que nos regalan los de Naughty Dog. Es una joyita.

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Escribir un personaje trans en tres pasos, por Daruku (Victoria)

Mi amiga Daru necesitaba una plataforma en la que colgar un escrito sobre cómo escribir personajes trans y no dudé un momento en ofrecerle la mía. Su artículo es interesante y necesario, y estoy segura de que cualquier escritor con interés por la representación bien hecha estará deseando leerlo. Sin más preámbulos, os dejo con ella:

(Rocío)

Escribir un personaje trans en tres pasos – Daruku Celsius (Victoria)

Estos últimos años han sido un periodo revolucionario en la literatura, que cada día es menos el patio de recreo de señores presuntuosos. Mientras ellos rabian por los rincones porque el feminismo amenaza su hegemonía, nuevos autores y personajes femeninos, racializados y LGBT enamoran a un público que ve reflejada su realidad en el papel y en la pantalla. Así, multitud de creadores han ido abriendo camino incluyendo este tipo de personajes en sus obras, con mayor o menor acierto. Hay quien dice que no hay publicidad mala, pero todos sabemos que pocas cosas matan tanto el interés por una historia como unos malos personajes, y reflejar de manera correcta quiénes son y de dónde vienen es una parte importantísima de su identidad.

En lo que al género y sus teorías respecta, existe muy poco conocimiento aún entre la población general, aunque progresivamente vamos avanzando en la visibilización y en la comprensión de esta realidad que nos ha tocado vivir. Es precisamente por eso que quien quiera escribir personajes que inspiren, que emocionen y que permitan al público crear una conexión, debe estar al tanto de ciertos errores típicos y de cómo solventarlos.

¿Por qué copiar el mundo real?

El primer paso es el conocido worldbuilding: cómo es el mundo en el que se ambienta tu historia y en qué contexto social, cultural, económico, etc. vive el personaje. No se vive de la misma manera en un universo fantástico-medieval que en una nave espacial que viaja por la galaxia visitando diferentes planetas de manera habitual, ni se tienen los mismos conocimientos o experiencias siendo un miembro de la realeza que siendo un pirata, por poner algunos ejemplos.

personajes trans
Lussadh, de Winterglass, de Benjanun Sriduangkaew. Dibujo de Mumidraws.

Además, uno de los tópicos más habituales al crear personajes LGBT es el de centrar su historia en torno a la tragedia, la lucha por la supervivencia y el dolor pasado, presente y futuro. Destierra estas tropes tan explotadas, al igual que deberías desterrar la costumbre de crear mundos calcados a la realidad. Piensa, en lugar de esto, por qué existe la homofobia, el racismo o la misoginia en tu mundo. ¿Se debe acaso a una cuestión religiosa? ¿Hay castas? ¿Una razón que lo justifique? ¿Es siquiera necesario que existan?

A menudo tendemos a escribir dando por sentados demasiados elementos de la cultura y la vida, haciendo visión de túnel en la acción y el conflicto, pero si queremos que nuestros personajes destaquen necesitamos esa chispa extra, ese detalle que diferencie nuestra obra de la típica narrativa del héroe que triunfa ante males estereotipados gracias al deus ex machina del guion. Así que plantead bien cómo encajan vuestros personajes en el mundo que los rodea. Si sufren, ¿por qué sufren? Si tienen una ambición personal concreta, ¿de dónde viene? Prestad atención a quienes son.

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Syd, de One day at a time

Los personajes no se definen por su identidad (pero su identidad es importante)

El segundo paso es precisamente ese, conocer al personaje. Por mucho que a algunos les cueste entenderlo, la identidad de una persona no es su personalidad, sino su columna vertebral. No es necesariamente lo que muestra, pero sí es lo que determina qué, cómo y cuándo deja ver partes de sí misma. Estamos hartas de reivindicar que las mujeres tenemos mucho más que aportar a cualquier campo que el típico “cómo es ser mujer ahí”, así que hemos de recordar que también es aplicable a la hora de no tener “el personaje racializado” o “el personaje gay” como tokens para ponernos la medallita.

Es por esto por lo que el primer paso es esencial. La personalidad del personaje no depende de su identidad, pero su identidad y su expresión afectan a sus interacciones con el entorno, determinando de manera mucho más orgánica la forma en que construimos la narración. No es lo mismo colocar un personaje trans en una fantasía caballeresca, donde quizá encuentre problemas a la hora de relacionarse debido a la escasez de comunicaciones e información sobre sí mismo y para con la sociedad, que en una space opera rodeada de especies alienígenas que quizá ni siquiera conozcan la definición humana del género y donde existen tecnologías metamórficas que permiten a la gente adoptar diferentes formas y aspectos.

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Petrichor, del cómic Saga

De la misma manera, la identidad de un personaje no define su moralidad o sus intereses. La identidad no se elige, es algo que se crea y se transforma a través de diferentes experiencias vitales durante la vida, y son estas mismas experiencias las que, combinadas con la semilla de su personalidad, dan lugar a que el personaje crezca y se defina.

Un personaje trans puede ser violento y rencoroso debido a distintos sucesos traumáticos de su pasado, pero puede que esos sucesos no tengan nada que ver con su identidad trans. Quizá alguien traicionó a su familia y se vio obligado a robar y pelear para subsistir, o quizá sí tiene que ver con su identidad y fue rechazado y castigado por aquellos en quien confiaba y se niega a relacionarse con otros. Asimismo, otro personaje trans puede ser una persona amable y cariñosa, habiendo pasado por las mismas experiencias, porque su forma de ser le lleva a proteger a los demás para que no sufran el mismo daño que recibió. Recuerda, las personas somos únicas, y tus personajes también deberían serlo.

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Ricky, de Boy meets girl

Necesitas consultar a personas trans

Por último, aunque no menos importante, es la necesidad de contar con el asesoramiento de una persona trans, preferiblemente alguien que domine un amplio espectro de teorías, sucesos y situaciones relativas al género y su uso en diferentes personajes. (Guiño guiño, codazo codazo, contratadme de SR trans). Una persona trans os dirá que el crossdressing no hace trans a un personaje, que la frase “Hola, me llamo María, pero antes me llamaba Antonio, porque soy trans” sólo la escucharás cuando te toque la lotería por décima vez consecutiva, que la mayoría de personas trans son LGB (así que inaf a los estereotipos trans derivados de la cisheteronorma) o que la disforia corporal y los cambios físicos no son motivación principal e imprescindible de una persona trans, entre otras muchas cosas.

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Nomi, de Sense8

No es cuestión de censurar, prohibir o controlar los guiones que se crean, sino de ofrecer al público algo trabajado, dejando atrás estereotipos dañinos y dando una  representación más creíble y variada de colectivos muy poco visibles. Precisamente por esa poca visibilidad es necesario contar con los consejos de quienes conocen
cómo es vivir así. Puedes ser un escritor excepcional, pero aun así, colocarte mentalmente en nuestros zapatos e imaginar cómo podrías haber reaccionado ante ciertos eventos es muy difícil si no entiendes nuestros miedos, nuestras oportunidades de crecimiento o la razón misma de nuestra existencia.

Así que ya sabéis, para escribir de manera responsable, pensad, deconstruid, consultad. Y si consultáis, ofreced remuneración en la medida de lo posible. No sólo nos indica que valoráis nuestro tiempo y nuestros conocimientos, sino que eso nos permite dedicar más tiempo a trabajar con vosotros, porque la asesoría, la consulta, el tiempo que se dedica a leer y revisar… todo eso es un trabajo, y al final merecerá la pena.

Daru (Victoria).

Relato de Alesha en español.

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O vírgenes o putas: el complejo madonna-whore en la ficción

Hace unos meses vi un gameplay del juego de Playstation 2 Silent Hill 4: The Room. No es el mejor recordado, pero en mi opinión tiene unos cuantos puntos muy interesantes que lo mantienen por encima de títulos posteriores que se limitaban a ser un refrito del favorito de los fans, Silent Hill 2. Aparte de mucha sangre, cuerpos emparedados, backtracking a tutiplén y un sistema de juego mejorable, Silent Hill 4 tiene uno de los mejores ejemplos del complejo madonna-whore que haya visto en mucho tiempo.

¿Qué es el complejo madonna-whore? Pues fue identificado en primer lugar por Freud y define el complejo psicológico por el cual un hombre coloca a las mujeres en dos arquetipos posibles: o puta, o santa. O divertimento para un rato o material para esposa. O pozo de pecado y perversión o pobre damisela a la que proteger de la crueldad del mundo. Seguro que no os suena para nada disparatado: seguro que habéis oído alguna vez cómo en la vida real alguien afirmaba que una chica solo valía para un revolcón, pero no para salir en serio. Que este complejo se haya trasladado a la ficción no es nada sorprendente. Y, como cualquier obra de ficción, destila una idea que pasamos a aceptar e imitar para a su vez dar a luz a nuevas obras que siguen los mismos arquetipos.

Silent_Hill_The_Room

¿Todavía no lo veis claro? Os voy a explicar la manera clarísima en la que se revela este complejo en el diseño y narrativa de Silent Hill 4. Ojo con los spoilers:

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Escribir diversidad no es fácil

“Preguntan por Twitter que si tú crees que puedes tener un personaje principal que sea LGBTI (…)”

“Son cosas que surgen de manera natural con cada historia. Yo no lo descarto, para nada. Pero vamos, tampoco voy a ir a hacerlas así a propósito. No voy a escribir una historia para hablar solamente de un tema en concreto: lo principal es la historia. Si a raíz de esa historia ya aparecen otros temas, estupendo, pero cuando tú escribes una historia solamente para denunciar una cosa o para hablar de un tema en concreto, no estás escribiendo una historia realmente, estás haciendo un panfleto, no sé si me explico, y eso no es bueno tampoco.”

Laura Gallego tiene razón.

¡Toma clickbait! ¡Espera, espera, deja de hacer scroll para cagarte en mi ascendencia en los comentarios! Me explico.

Lo que leéis arriba, si tenéis Twitter y lo teníais ya hace tres semanas, es un fragmento de una entrevista con una de las autoras de literatura fantástica juvenil más importantes de España, si no la más importante de los últimos quince años. Yo la he leído, probablemente tú la hayas leído y los chavales que van hoy al instituto la están leyendo. Si tenéis Twitter (o Facebook) sabréis de sobra que se montó la Marimorena: hubo personas muy mosqueadas con las declaraciones que se lanzaron a llamar homófoba a Laura Gallego, otros que corrieron a defender a su autora preferida o su colega y otros, como yo, que preferimos quedarnos en un terreno neutral porque entendíamos a las dos partes.

Bueno, yo rechiné un poco los dientes porque justamente quería haber escrito este artículo y parecía que iba a surgir a raíz de la polémica. Y mira qué manera más estupenda tengo de huir de las polémicas que abrir el artículo con la cita de marras. ¿Molo o qué?

Cuando digo que entiendo a Laura Gallego cuando dice eso no significa que esté de acuerdo con sus palabras. No creo que Gallego sea una homófoba de las de agredir a parejas en la misma capital donde, en un alarde de disonancia narrativa de la realidad, se celebra este año el World Pride. Creo que es una homófoba como cualquier persona que se haya criado en este país y no haya pasado por el complicado y continuo proceso de deconstruirse. Homófoba nivel mi madre, o quizá la tuya. No pega palizas, no insulta y sí, hasta tiene algún personaje menor en su historia LGBT, pero cree que las narrativas sobre gente como nosotros son intrínsecamente diferentes a las de un personaje heterosexual o cisgénero. Como le han reprochado otros, el poliamor mágico interespecie bien, heroínas lesbianas no tan bien.

Sobre este tema han hablado largo y tendido otros (como Alicia Pérez Gil o Rafa de la Rosa) mejor que yo. No es por aquí por donde quiero ir.

Laura Gallego tiene razón en una cosa: si no le sale de manera natural, no tiene por qué escribir sobre ello. Si no le sale de manera natural, es muy probable que sea la última persona que debiera escribir sobre el tema.

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No te va a gustar si no dejas que te guste (y otros asuntos lectores)

Hace tiempo que me ronda en la cabeza algo sobre lo que escribir un artículo. Si no lo he hecho antes es porque ha llegado a mi mente en plan batiburrillo; no descarto que siga así, de modo que si este post acaba pareciendo un tren descarrilado… Bueno, yo lo he intentado. Dado este aviso y después de los saludos de rigor (qué bien veros otro martes por aquí) me meto en harina.

Resulta que llevo viendo cierta tendencia en la comunidad lectora de Twitter acerca de la exigencia extrema a los textos (que en muchos casos tiene que ver con el género de los autores) y de expectativas inalcanzables. Gabriella Campbell escribió hace unas semanas en su lista de correo un artículo muy interesante sobre por qué hay que leer más y reseñar menos que, si bien yo no suscribo por completo (las reseñas me parecen muy útiles para guiar a los lectores objetivo), sí que tiene parte de razón. Nadie va a leer un libro igual que otra persona, y lo que tú detestes (porque no es tu estilo, tu género de preferencia, o porque no encaja contigo) otra persona puede adorarlo.

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